Quería compartir con ustedes una canción que descubrí mirando el show "Nashville" y que desde el momento en que la escuché quede obsesionada. Al final del blog les incluyo una traducción de la letra, que en mi opinión es hermosa y logra transmitir de una manera tan simple un mensaje muy fuerte.
Hoy en día es tan fácil olvidar las cosas que realmente hacen que la vida valga la pena!.. Es fácil perderse en la locura del día a día, dejarse llevar por la ambición y el deseo de "ser alguien". De repente empezamos a medir el éxito basado en cuántas personas conocen o han sentido hablar de nosotros, si vamos a llegar a la fama, cuánto dinero vamos ahorrando, títulos universitarios, cargo laboral, etc. Pero cuantas veces hemos visto en las noticias que gente que "tiene todo" está deprimida, busca refugio en adicciones y en ocasiones hasta se quita la vida. Es fácil pensar que si tuviésemos "todo" seríamos felices. Creo que es cierto, pero también creo que tendríamos que redefinir "todo". Estos últimos seis meses tuve mucho tiempo para pensar ya que, debido a una combinación esperable de factores, aún no he conseguido trabajo en Toronto.
Durante los primeros dos meses en Toronto me mantuve positiva. Ya conseguiré algo..., es cuestión de conocer más gente, actualizar mi currículum, ya aparecerá algo. Cuando por fin apareció una oportunidad que valía la pena en cuanto a responsabilidades, tamaño de empresa, salario, etc. fui a la entrevista y el ambiente no me convenció. Durante la entrevista sentí mi estómago dar vueltas y el corazón me pesaba, era mi instinto que decía no. En papel el laburo era perfecto, pero algo no me cerraba. Al salir de la entrevista se me llenaron los ojos de lágrimas y así con varias dudas, retire mi aplicación y rechacé la oportunidad. Fue en ese entonces que me entró la desesperación. El hecho es que siempre fuí una persona sanamente ambiciosa y rechazar una oportunidad razanoble fue difícil.
A los seis años empecé gimnasia olímpica y a los ocho le dije a mi mamá que un día iba a representar a mi país; y lo hice. En cuarto grado les dije a mis padres que iba a estudiar en Estados Unidos en una buena universidad. Cuando me puse a buscar trabajo busqué un programa que me llevase a recorrer el mundo, porque era lo que me había propuesto en la facultad. Cuando se crece buscando mejorar es fácil dejarse llevar por el éxito. Pero lo que me dí cuenta en estos meses, es que la única razón por la cual logré todo lo que quise en aquel momento fue porque estaba rodeada de familia y amigos que me apoyaron y dieron fuerzas en cada paso. Sin ellos esos momentos no hubiesen significado ni significarían nada. De qué me sirve ganar una medalla si no tengo con quien celebrar, de qué me sirve competir si no tengo alguien por quien dar lo mejor de mí.
Doy gracias a Dios por darme estos meses de pausa para sentarme, pensar, y volver a conectarme con lo que más me importa en esta vida. No tengo trabajo, tampoco tengo un MBA, no tengo un auto de lujo y tampoco ando viviendo aventuras en partes exóticas del mundo; pero tengo salud, una familia unida que me ama y me busca a pesar de las distancias, un esposo que sonríe cuando llega a casa y ve que estoy para compartir la tarde, amigos que me hacen reír y que me apoyan cuando necesito un abrazo.
Tal vez consiga trabajo en la próxima semana o tal vez no sea hasta el año que viene, pero ya no me desespero, porque se que tengo todo lo que necesito y vale la pena: amor, familia, amigos y salud. El resto fluirá con el tiempo y cuando sea el momento correcto, y la vida en sí es mi aventura. Hoy por hoy, en un mundo que constantemente trata de convencerme que necesito más y más, mi ambición es mantener y hacer crecer las cosas que realmente valen la pena y eso me basta para ser feliz, el resto es la frutilla de la torta.

